Juan Benítez Sánchez

Miembro de la Academia Gastronómica de Málaga

Visita a la Catedral y al Restaurante El Palmeral

Aunque la actividad principal de la Academia Gastronómica de Málaga está relacionada con los aspectos gastronómicos y basa su existencia en la defensa de una gastronomía malagueña que defiende por encima de todo, no deja de ser una institución que apuesta por la cultura en general y, siempre que puede, realiza unas visitas culturales a los principales monumentos de nuestra ciudad y provincia, que tantos y tan importantes tiene.

Desde hace tiempo, se aprovecha las fechas próximas a la Navidad, concretamente la comida del mes de diciembre,  para realizar un viaje a los pueblos de la provincia, pero el día 17 del pasado mes de diciembre, se decidió visitar la Santa Iglesia Catedral Basílica de Málaga, el principal monumento que la "Ciudad del Paraíso", como la llamó Vicente Aleixandre.

"Ved su catedral triunfante
¡Qué proporciones severas!
¡Qué columnas cual palmeras
y qué cúpula sonante!
Rasgan la mole gigante
grandes vidrios de colores
con policromos primores
y cien figuras cautivas
que parecen por lo vivas
hechas con sangre de flores",
como nos diría Salvador Rueda.

Nuestro compañero Francisco García Mota, Deán de la Catedral hasta hace poco, nos preparó la visita con mucha minuciosidad. Citados en la Plaza del Obispo, delante de esa joya de la arquitectura civil malagueña, como es el Palacio Episcopal, un guía nos acompañó a visitar la cubierta, la llamada "quinta fachada" de la Catedral por las cúpulas tan interesantes y tan bien cuidadas que posee, que le hacen ser única. Tras más de doscientos peldaños, subidos con más o menos esfuerzo, por una escalera de caracol, vimos las habitaciones en las que dormían los organistas hacía ya cien años, una preciosa vista del Altar Mayor de la Catedral y, por fin, pudimos contemplar esa maravilla de cubierta. Pese a que el día estaba nublado y carecía de la luminosidad necesaria, nos impresionaron las extraordinarias vistas que desde ella se veían. Girando a su alrededor, pudimos recrearnos con las mejores y más variadas estampas de Málaga, sus monumentos -la Alcazaba y el Castillo-, sus barrios y sus jardines. El guía nos fue informando de detalles que desconocíamos, como por ejemplo, que a la Catedral de Málaga no sólo le falta una torre, sino otros muchos elementos más que in situ se podía apreciar su ausencia.

Tras la bajada, otro guía nos esperaba para enseñarnos el interior de la Santa Iglesia Catedral Basílica de la Encarnación, construida sobre las murallas que marcaban la antigua mezquita aljama. En su recorrido por el interior, pudimos distinguir las distintas trazas que iban desde el estilo gótico, pasando por el renacentista y terminando por el barroco, según diseñaron los distintos arquitectos.

Se pudieron contemplar las distintas capillas y altares, el ábside, las multicolores vidrieras, los enterramientos y tumbas de obispos y personajes de la Málaga de épocas anteriores, hasta llegar al artístico coro, maravilloso ejemplo de la carpintería barroca en la que trabajaron Luis Ortiz de Vargas, José Micael Alfaro y, sobre todo, el gran Pedro de Mena. Lástima que el fallecimiento de un familiar del organista nos impidiese oír los órganos construidos por Julián de la Orden y José Martín de Aldehuela.

Y llegó la hora de la comida. El restaurante elegido para esta ocasión no estaba lejos. A la entrada al Puerto, a la izquierda, en el llamado Paseo de las Palmera, se encuentra el Restaurante El Palmeral. "Sabor a Málaga", como reza en su propaganda, "la mejor cocina en un restaurante frente al mar. Lugar para disfrutar y compartir una experiencia inolvidable para los sentidos". Local elegante, muy bien situado, con vistas al mar y con paseo delante para poder andar un poco, tras la comida.

Como estábamos ya en fechas prenavideñas, era de suponer que el local estuviese bien repleto de comensales, como, en efecto, ocurrió. Esto pudo interrumpir un poco la necesaria tranquilidad del comensal y, también, deslucir en algo la comida y el servicio, cosa que apenas se notó.

Empezó la lluvia cuando nos acercábamos hacia el restaurante y, debajo de las carpas, nos sirvieron unos aperitivos escasos, pero suficientes ya que la comida era abundante. Entre ellos destacaremos el queso curado que fue del agrado de todos.
Ya sentados en la mesa, alargada y poco acogedora, porque no se puede hablar más que con el comensal de al lado o que está enfrente -cosa lógica por la cantidad de grupos que celebraban con sus regalos incluidos la comida de empresa-, fuimos degustando los platos.

-Ensalada de Langostinos y Fruta a la Menta: Muchas verduras y variadas; muy bien aliñadas, de agradable sabor y, posiblemente, demasiado dulce. Se le echaron en falta unos langostinos más.
-Alcachofas a la Romana: Por unanimidad de los comensales, el mejor plato. Muy bien condimentado, muy tiernas y en su punto de sabor las alcachofas y un plato muy bien conseguido. Se ve que es uno de los platos estrella de este restaurante.
-Gazpachuelo: Plato bien repleto de pescado y marisco, de muy buen gusto al paladar. Demasiado adorno de aceite por encima. No le hubiese venido mal un poco más de huevo en la mayonesa, ya que hubiese espesado el caldo.
-Milhojas de Presa Ibérica, Patatas Parisien, Salsa de Boletus y Foie: El plato principal, muy bueno, ya excesivo porque se había comido mucho y que se le notaba una mezcla de sabores fuertes.
-Bienmesabe: Postre que en nada se parece al famoso bienmesabe de las monjas de Belén de Antequera, a las que se tiene por creadoras del mismo. Poco conseguido y que en nada le favoreció el helado de turrón que le acompañaba.

Toda esta espléndida comida, estuvo bien regada por dos extraordinarios vinos: Vino blanco Pampano Verdejo de Rueda y vino tinto Chinchilla seis + seis, de Ronda.

Como ya viene siendo tradicional, el aguinaldo de este año, por parte de la Academia, fueron dos botellas de aceite Virgen Extra, sin filtrar, de Torcaoliva, de Antequera, recién salido de La almazara.

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