Rafael de la Fuente

Profesor invitado de la universidad de Cornell

Marbella y Torremolinos, dos pregones turísticos

El 20 de septiembre del 2014 tuve el inmenso honor de ser el pregonero en Torremolinos de las Fiestas de San Miguel. Gracias a su Alcalde de entonces, don Pedro Fernández Montes y la generosidad de la Corporación Municipal que él presidía. Y el 6 de junio del 2016 esa feliz circunstancia se ha dado de nuevo. Esta vez he tenido el también inmenso honor de ser el pregonero de la Feria y las Fiestas de San Bernabé en Marbella, el lugar donde vivo desde hace algo más de medio siglo. Gracias a su actual Alcalde, don José Bernal y la generosidad de la Corporación Municipal por él presidida. Inmerecidos honores ambos. Y por ello doblemente agradecidos. ¿Y qué mejor hemeroteca para dejar constancia de ellos que en esta revista, Andalucía Única, una de las más prestigiosas publicaciones de un gran país turístico, como es España?

Siempre lo he dicho. Creo que es un privilegio. El hecho de que mi vida profesional haya coincidido –y además, gracias a una cronología afortunada, en un asiento de primera fila– con una fascinante historia: la eclosión turística de Torremolinos y Marbella, dos lugares turísticos importantísimos que siempre llevaré en mi corazón. Me permitiré, por lo tanto, la libertad de reproducir unos fragmentos de ambos pregones. Ellos tienen el mérito de los recuerdos y las observaciones personales y de la magia del lugar en el que fueron pronunciados. Y por supuesto en ellos tenemos los méritos y las proezas de la buena gente que los hicieron posibles. Cito algunos párrafos de mi pregón de Torremolinos:

"Hay palabras, nombres que siempre emocionarán al que os habla. Torremolinos es uno de ellos. No sólo por ser este lugar el protagonista de una de las más hermosas aventuras de la historia del turismo internacional. Este amigo vuestro no puede olvidar que su vida tuvo algunos de sus momentos más importantes aquí, en Torremolinos. Hace ya muchos años, en 1957, me admitieron como aprendiz del oficio de hostelería en nuestro Hotel Santa Clara, el Castillo del Inglés. Ese paraíso en la tierra que creó en los años treinta George Langworthy, aquel caballero británico, enamorado de España y de esta tierra, Torremolinos. La que le hizo su hijo adoptivo y también uno de sus hijos predilectos. Para mí, aquella oportunidad fue un regalo de la Santa Providencia y una oportunidad profesional a la que le debo mucho, por no decir todo.

Aquel Torremolinos de principios de los años sesenta era el lugar más cercano al paraíso que la vida me ha permitido conocer. Un paraíso milagroso. Que se convirtió, a partir de cero, en uno de los destinos turísticos más importantes del mundo. Sin medios, sin grandes inversiones, sin infraestructuras, pero con unas armas secretas formidables: su belleza, su mar, su clima y sobre todo su gente. Ese fue el comienzo del milagro español. El que los trabajadores y la buena gente -"La güena gente"- de Torremolinos hicieron posible. Evoco con orgullo y emoción el triunfo y el milagro que fue Torremolinos. Cuando el resto de los lugares turísticos de España, sobre todo en las costas mediterráneas de la península, preparaban sus estrategias turísticas ya Torremolinos había ganado todas las batallas para ellos. Fue este maravilloso pueblo el "Big Bang" de la galaxia que con el paso del tiempo convertiría a España en una gran potencia turística mundial. Este fue el kilómetro cero. Y la hoja de ruta que los demás seguirían en tantos otros lugares. Ese honor nadie ni nada os lo podrán arrebatar.

Recuerdo perfectamente, porque lo viví, cuando Torremolinos se convirtió en un temible competidor de los grandes enclaves turísticos de Francia y de Italia, algunos de ellos con gloriosas trayectorias turísticas de casi un siglo. En una España como la de aquellos años, en la que teníamos muchos problemas y muchas dificultades, Torremolinos les recordó a muchos españoles que éramos capaces de ser los mejores y que lo imposible, turísticamente hablando, era una palabra que habíamos desterrado de nuestro diccionario. Por eso, los que nos visitaban se enamoraban de la vibrante personalidad de este lugar, de su magia, de su capacidad de adaptación, su internacionalidad. Y sobre todo nos admiraban por haber sabido crear aquel espacio de libertad que Torremolinos hizo posible, muchas veces a contracorriente.

Recuerdo aquellas inauguraciones de hoteles espléndidos. Recuerdo las listas de espera para conseguir una habitación. Recuerdo las caras de felicidad de nuestros visitantes extranjeros. Sus sonrisas. Recuerdo que cada vecino se había convertido en un embajador de España ante los visitantes de otros países. Recuerdo esa portentosa calle de San Miguel, donde todos nos conocíamos. Era un pequeño universo, flanqueado por una hermosa arquitectura andaluza. Una torre de Babel, relajada y amable, donde era imposible no sentirse feliz. Recuerdo a tantos amigos y amigas. A tanta "güena gente". Recuerdo a mi amigo Pedro, ahora él es nuestro alcalde, con algunos años menos, hablando ya un inglés perfecto. Recuerdo también a nuestro convecino, "El Titi", esperando con su moto imaginaria a que se abriera el paso a nivel de la calle San Miguel por donde pasaba un tren maravilloso, que parecía salido de una antigua película del Lejano Oeste.

Después vinieron tiempos complicados. Se cometieron errores que pasaron factura. Y una vez más la buena gente de Torremolinos tuvo que demostrar, con su buen trabajo y muchas veces con su sacrificio personal, que valía la pena el luchar por recuperar el terreno perdido. Así se hizo. Hoy Torremolinos puede contemplar el futuro con confianza y con la satisfacción de haber hecho un buen trabajo. Su nombre simboliza de nuevo la excelencia de una gran ciudad turística. Y hay algo que lo confirma. No es una casualidad el que en este momento Torremolinos sea líder en pernoctaciones hoteleras, en una de las más importantes regiones turísticas de Europa, como es Andalucía. Enhorabuena por haberlo conseguido."

Y hace unos pocos días, en Marbella:

"Marbella es una ciudad intensamente joven y milenaria al mismo tiempo. Sin límites ni fronteras. Por eso conviven en ella muchas marbellas diferentes. Y por eso conviven aquí tantas culturas y tantas creencias. Y por eso casi todas las lenguas del planeta se hablan en sus calles y en sus plazas. Es verdad que en esta ciudad bendita hemos aprendido el arte de la convivencia en paz a través del respeto a los demás. Por eso Marbella es el lugar al que siempre se regresa: por su gente, su paisaje humano, por su clima milagroso, por sus bellezas naturales y por haber conservado sus esencias andaluzas, en las que muchas antiguas culturas han destilado tantos saberes y sabores. Tanto arte del saber vivir. Por eso Marbella es única e irrepetible. Por eso la llevamos siempre en el corazón.

Nunca dudé, desde que mi mujer y yo llegamos a Marbella en abril de 1964, que este lugar sería muy pronto uno de los destinos turísticos mas importantes del mundo. Gracias a su magnífica gente, a sus visitantes y por supuesto gracias a aquellos hombres y mujeres, llegados hace ya mucho tiempo de los cuatro puntos cardinales y portadores, cada uno a su manera, de una filosofía generosa y brillante para engrandecer a esta ciudad.

Se les suelen llamar los pioneros. Quizás no es éste el término más apropiado. El ser pionero es un concepto que deja fuera demasiados matices. Se puede ser un pionero en el campo de las malas prácticas turísticas. Ha ocurrido y puede ocurrir de nuevo. Fueron ellos mucho más que pioneros, porque los que hicieron posible los comienzos de aquella Marbella prodigiosa fueron siempre fieles a ese ideal de una Marbella paradisíaca y civilizada, perfecta en lo ético y en lo estético. Para ello nos entregaron su entusiasmo, su talento y su trabajo. Algunos, incluso su fortuna. Fue un privilegio el aprender de ellos y de su ejemplo.

Después tuvimos años más complicados. Los nuevos gobernantes de la ciudad, los del gilismo, fueron diferentes. Es obvio que vieron en Marbella una colonia, un panal de rica miel, que podía ser esquilmado en provecho propio. Casi impunemente, ante la aparente pasividad entonces de no pocas instituciones del Estado. Abusaron durante demasiado tiempo de la buena fe de los ciudadanos. Y fueron muchos los que se lanzaron a la calle para defender su Marbella. De eso puedo dar fe. Tuve el honor de estar con ellos desde el principio, en la primera manifestación del Pecho de las Cuevas.

La gente de Marbella nos impresionó. En ningún lugar de las costas españolas la gente había salido tantas veces a la calle como en Marbella para luchar por su ciudad, por su buen nombre y para proteger sus patrimonios culturales y naturales. La experiencia aquella nos ha enseñado y nos ha dado la capacidad de defensa necesaria para proteger lo que es nuestro y de las generaciones que todavía no han nacido".

Quisiera terminar dando las gracias a Andalucía Única por su generosidad y por haberme permitido depositar en sus páginas estas vivencias y estas reflexiones. 

Lo dijo un gran poeta: "El mundo de nuestros recuerdos es el único paraíso que nadie podrá jamás arrebatarnos".

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