Rafael de la Fuente

Profesor invitado de la universidad de Cornell

Lew Hoad, el tenista que amaba a España

No me es fácil escribir unas lineas como éstas, cuando una persona admirable, de la que todos hemos aprendido tanto, y del que España ha recibido tanto, ya nos ha dejado para siempre. Nos dejó hace casi un cuarto de siglo. Lew Hoad, aquel portentoso tenista australiano definitivamente fue uno de los nuestros. Él y Jenny, su mujer, también australiana, también tenista, descubrieron un día un paraíso junto a la carretera que subía de Fuengirola hasta Mijas, en plena Costa del Sol malagueña. Era un paraje maravilloso, rodeado de montañas y arboledas y con el Mediterráneo cerrando el horizonte por el sur. Lew Hoad, el "Golden Boy" del tenis mundial decidió un día que en esta costa del sur de España estarían su casa y su campo de tenis. Lew fue uno de los más grandes personajes de la historia del tenis. Dominó con su sonrisa de buen chico aquellos tiempos, que recordamos como la era de oro de los legendarios tenistas australianos. Lew Hoad ganó cuatro veces el Grand Slam. Y otras cuatro veces la Copa Davis. En aquel año milagroso de 1956, el joven Lew, con su buena pinta de galán del mejor Hollywood, ganó 32 grandes trofeos internacionales. El mismo año en el que fue aclamado como el mejor tenista del planeta: el número uno de los Top Ten. Sólo el Dios de los buenos australianos estaba por encima.

Pancho Gonzales, el gran tenista californiano, el que fuera el eterno y siempre leal rival de Lew Hoad, decía que "cuando el juego de Lew está en lo mas alto, nadie, simplemente nadie, puede llegar a su nivel". Lew nació el 23 de noviembre de 1934 en Sydney, en Australia. Su padre trabajaba como electricista en la compañía de tranvías de Sydney. Al pequeño Lew alguien le regaló un día una raqueta de tenis. Ya no paró hasta tocar el cielo. Lew Hoad no sólo era un gran deportista que parecía no necesitar hacer enormes esfuerzos en la pista para cumplir con honor su obligación de hacer bien su trabajo. Además, era un hombre bueno, inmensamente generoso. Sin un átomo de vanidad, codicia o arrogancia. Jenny y él hacían una pareja deslumbrante. Y, sobre todo, amaba a España y a su buena gente. Sus amigos, como Sean Connery, Kirk Douglas o Charlton Heston cruzaban los mares para pasar unos días con ellos en su campo de tenis.

Una lesión de espalda le obligó a retirarse definitivamente del tenis profesional en 1972. A partir de entonces, su presencia en su amado campo de tenis logró rápidamente situar la Costa del Sol malagueña en el mapa del tenis mundial. Demostró que Andalucía podía ser un paraíso para los tenistas más exigentes. Los que trabajábamos entonces en el Hotel Los Monteros de Marbella nunca olvidaremos nuestra emoción cuando el maestro aceptó ayudar al flamante Club de Tenis del hotel. Lew y Jenny Hoad fueron un activo valiosísimo en el firmamento de la Costa del Sol. Nos dejó demasiado pronto. Fue un golpe duro para mucha gente que amaba el tenis. Su tenis. Un 3 de julio de 1994. Se batió hasta el final -con valentía y con buen humor- en su Málaga, en el Hospital Carlos Haya. Contra un enemigo malévolo y sin piedad. Tenía 59 años.

A principios de noviembre de 1972 se inauguró en Los Monteros el Campeonato Internacional de Tenis de Seniors y Veteranos. Durante décadas fue uno de los más grandes acontecimientos tenísticos de Europa. Lew Hoad trabajó muy duro para que ese torneo se convirtiera en un espectacular éxito que contribuyó mucho a consolidar la imagen de Andalucía en el mundo del tenis internacional.

Pero lo verdaderamente importante fue su creación mijeña; el famoso Campo de Tenis de Lew Hoad, en el kilómetro 3,5 de la carretera que desde Fuengirola serpentea hasta ese hermoso nido de águilas que siempre fue el pueblo de Mijas. El club de tenis, con sus cinco pistas, se levantaba en el antiguo cortijo de la finca, el Cortijo de la Alcaparra. Lew Hoad se rodeó de un equipo de espléndidos colaboradores, entre los que debemos destacar a la brillantísima Paloma García-Verdugo, y a otros dos personajes: Allan Watt y Peter Risdon. La jovencísima Paloma García-Verdurgo, hija del que fuera el admirable y ejemplar médico de Fuengirola, el doctor Manuel García Verdugo, fue "fichada" por los Hoads en 1972. Su trabajo en el Campo de Tenis de Mijas y en el Club de Tenis de Los Monteros en Marbella fue tan espectacularmente eficaz que todos la considerábamos el alma de aquel portentoso equipo que se había aglutinado alrededor de Lew Hoad. Después de su matrimonio en 1977, Paloma tuvo que regresar varias veces para ayudar a sus antiguos compañeros de trabajo. Creo que la Costa del Sol le debe un homenaje a esa gran mujer de Andalucía, cuyo inglés no desentonaría en Buckingham Palace, y a la que todos admirábamos.

Allan Watt, por su parte, era un australiano genial. Ingeniero, arquitecto y botánico brillantísimo, hizo una adaptación prodigiosa de aquella finca agrícola, a la que convirtió en uno de los más bellos clubs de tenis de Europa, respetando siempre el alma andaluza de aquel lugar. Recuerdo cuando llegó de Singapur cargado de plantas exóticas que se aclimataron perfectamente a aquellos campos entre Fuengirola y Mijas. "And last but not least", no sería justo olvidar a otro de los grandes colaboradores de los Hoad: Peter Risdon. Aquel brillante joven "broker" de la City londinense que un día ya lejano decidió seguir a Lew Hoad, aquel australiano tranquilo. Y unirse a los que levantaron en tierras malagueñas aquel pequeño paraíso alrededor de aquel noble y civilizado deporte. Sigue Peter manteniendo cada año el 'Lew Hoad Memorial', la competición en honor del maestro, nunca ausente.

Un buen epitafio para Lew Hoad podrían ser aquellas lineas finales del 'If' de Rudyard Kipling:

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente sencilla.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de trabajo duro,
Tuya es la tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más— ¡serás un buen hombre, hijo mío!

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