Rafael de la Fuente

Profesor invitado de la universidad de Cornell

La Reina Madre de Marbella

Era una tarde a principios de noviembre. Hace cuarenta años. Ya había anochecido. En la entrada principal del Hotel Los Monteros esperábamos la llegada de Su Majestad la Reina Madre de Dinamarca, la Reina Ingrid. El marqués de Nájera, en representación del consejo de administración de Los Monteros, mi buen amigo Gonzalo Lasso, subdirector del hotel y un servidor de ustedes. Además de un grupo de huéspedes daneses y suecos alojados en el famoso hotel marbellí. Deseaban dar la bienvenida a su Reina. El cónsul de Dinamarca ya nos había avisado de la salida del aeropuerto de Málaga de la comitiva que acompañaba a Su Majestad, ya camino del hotel.

Fueron aquellos unos años muy especiales. La Transición política española había terminado felizmente. Teníamos una flamante Constitución y también podíamos presumir de un gobierno y un sistema político con unas credenciales impecablemente democráticas. El mundo admiraba a España y nos felicitaban por la civilizada desaparición de una de las últimas dictaduras de la Europa occidental.

Ya sabíamos, gracias a fieles clientes daneses de Los Monteros, que la Reina Madre de Dinamarca, la admirada Reina Ingrid, deseaba desde hacía tiempo conocer aquel hotel de Marbella, del que tanto le habían hablado, por ser un lugar tan apreciado por muchos de sus súbditos. Pero en épocas anteriores, el gobierno danés había aconsejado a Su Majestad el posponer la visita real –aunque ésta fuese privada– hasta que la situación política de España discurriera por cauces más cercanos a la Europa democrática. 

También contribuyeron a que esta visita real fuera una realidad los estrechos lazos de familia entre la Reina Ingrid y la Familia Real española. El 28 de agosto de 1976 la Reina Madre llegó al palacio de Marivent en Mallorca, donde se hospedó, como invitada de Sus Majestades los Reyes de España. Por eso, la espera en aquel atardecer de un suave otoño marbellí fue un momento tan emocionante, gracias a la inminente llegada de la que fuera la ejemplar Soberana de un pequeño gran país amigo, como el Reino de Dinamarca. 

Finalmente la Reina Madre podría conocer Los Monteros y la famosa ciudad turística de Marbella. En principio su estancia sería de casi un mes. Y estaba previsto que jugaría al golf todos los días en Río Real, el hermoso campo de 18 hoyos de Los Monteros, obra del maestro Javier Arana.

La princesa Ingrid Victoria Sofia, hija del entonces Rey de Suecia, Gustavo VI, había contraído matrimonio el 24 de mayo de 1935 con el Príncipe Federico de Dinamarca. El primero en la linea de sucesión al trono danés. La boda en el Palacio Real de Estocolmo parecía sacada de la más emocionante literatura romántica. Como el viaje de los recién casados en el yate real, desde la capital de Suecia hasta Copenhague. 

Cinco años duraría aquel cuento de hadas. Todo terminó cuando los ejércitos de la Alemania nazi violaron las fronteras del pequeño y pacífico reino escandinavo. En los años de la Segunda Guerra Mundial, la joven princesa Ingrid había sido, como su suegro, el Rey Christian X de Dinamarca y toda la Familia Real, un símbolo muy importante de la dignidad y el valor de su país, ocupado durante la Segunda Guerra Mundial por el Tercer Reich de Hitler.

La Familia Real danesa decidió compartir con su pueblo los tiempos duros que se avecinaban, rechazando el refugiarse en la vecina y neutral Suecia o en Gran Bretaña, entonces el único país europeo que seguía combatiendo contra la tiranía nazi. La joven princesa sueca demostró una fortaleza de espíritu poco común. Su valentía, unida a su integridad moral y su dignidad hicieron muy visible ante su pueblo el ejemplo que representaba su pública actitud de helado desprecio por los ocupantes. Su presencia en las calles de Copenhague, vestida modestamente, pedaleando en su bicicleta, recordaba a los ciudadanos daneses que la Princesa había rechazado el automóvil oficial ofrecido por las autoridades alemanas. Como una ciudadana más, se convirtió en un ejemplo y un símbolo. Fue la joven princesa una llama de esperanza en aquellos tiempos crueles.

La Reina Madre regresó, durante muchos años, a sus otoños en Los Monteros. Era obvio que para ella y para sus damas de compañía, el hotel, su segunda casa en España, y la cercana Marbella, eran algo muy especial. Todos los que trabajábamos en aquel hotel inolvidable esperábamos cada año, con una mezcla de respetuoso afecto y agradecimiento, la llegada de noviembre. Al que conocíamos como el mes de la Reina Madre. 

En 1980 el Estado Español le concedió, como Reina viuda de Dinamarca, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.  Falleció el 7 de noviembre del año 2000, a las cuatro y media de la tarde. En su residencia del palacio de Fredensborg. Tenía 90 años. Recibió cristiana sepultura junto a su marido en la catedral de Roskilde, donde reposan 20 Reyes y 17 Reinas de Dinamarca. Todas las familias reales de Europa guardaron luto. Fue una gran Reina. Y sobre todo fue una gran mujer.

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