Rafael de la Fuente

Profesor invitado de la universidad de Cornell

El turista que llegó de Alemania

Hace unos pocos días me paró en la calle principal de mi pueblo, Marbella, una pareja de simpáticos extranjeros. Buscaban uno de los estupendos cafés del casco antiguo. Su español era muy básico. Por su acento deduje que tanto ella como él eran alemanes. Como actualmente no uso ese idioma con la frecuencia deseable, me encantó esa oportunidad de acompañarlos, para enseñarles el camino, mientras hablábamos en uno de mis idiomas favoritos. Recordé después aquellos muy lejanos tiempos, a mediados de los años cincuenta –hace ya más de medio siglo- en los que empezaron a llegarnos a Málaga y a su Costa del Sol los primeros turistas alemanes. Poco a poco. 

 

En aquella época siempre mucho menos numerosos que los ingleses o los franceses, muchos de estos últimos provenientes del antiguo Protectorado Francés de Marruecos. Lo había escrito Cesare Pavese en 'Fuoco Grande': "Se nos borrarán los días. Pero recordaremos los momentos". Recuerdo aquellos pasaportes cuidadosamente guardados en un cajón del escritorio de la recepción del Hotel Santa Clara de Torremolinos (el antiguo, el inolvidable, el que borraron de la faz de la tierra) en un caluroso día del verano del 1957. 

 

Los pasaportes de los ingleses superaban siempre a los otros. En número y en calidad. Eran impresionantes aquellos documentos que en nombre de Su Majestad Británica se expedían para sus súbditos. Ningún país del mundo ha sabido crear algo que los superara en elegancia. Gruesas tapas negras, con letras doradas; y dorado también el escudo de la Corona con el león y el unicornio; las páginas eran color gris acero. Los datos de los titulares habían sido rellenados a mano por puntillosos funcionarios. Con una caligrafía perfecta, con una buena tinta, siempre con pluma; y por supuesto ésta con un punto de escritura algo grueso. 

 

Los pasaportes de los ingleses de aquel hotel mágico daban fe de las profesiones de los titulares. Como director de empresa o como eminentes profesionales, la mayoría de ellos; y como ama de casa, las señoras. Las fotos eran amplias y de gran calidad. En ellas aparecían los titulares. La mayoría nos recordaban a distinguidos actores de una buena película en blanco y negro de los años treinta. Era algo normal que de los pasaportes de las damas se escapara un aroma sutil, eco lejano de alguno de los grandes perfumes de la época, unido al olor a cuero noble de los bolsos. 

Juan Cortés, el jefe de recepción, estaba rellenando los datos de las fichas de viajeros para la policía. Aquel día me enseñó un solitario pasaporte alemán. Tener a un alemán hospedado en el Santa Clara era algo muy poco frecuente. Al lado de los majestuosos pasaportes ingleses, el documento de nuestro huésped alemán parecía espartano y sobre todo pobre. Con pastas de tela verdosa, era obvio que parecía ser lo adecuado para alguien de un país que había sido derrotado hacía tan sólo 12 años en una guerra terrible. 

 

Don Juan me pidió que le aclarara el significado de unas palabras en alemán. El hecho de ser el único empleado del hotel que hablaba ese idioma, después de Frau Wilma, la jefa de cocina, me daba cierta distinción profesional. Algo muy necesario para un principiante de 16 años. 

 

Nuestro cliente alemán había hecho su reserva hacía unos meses. Había enviado una carta muy correcta, en un inglés sin errores. Obviamente la había escrito otra persona, ya que el inglés en el que él se expresaba era muy rudimentario. Había hecho todo lo posible para dar una buena impresión a través de su solicitud de alojamiento. Probablemente escrita con el temor de ver su petición rechazada por un hotel tan británico, con un director inglés, Mr Frederick Saunders, un veterano de la Primera Guerra Mundial, consagrados tanto él como su hotel a una clientela de alto nivel de ese país. Antiguos enemigos en dos brutales guerras. El Hotel Santa Clara era el Castillo del Inglés, como llamaban en Torremolinos a la antigua residencia del comandante George Langworthy, su primer propietario y posteriormente el fundador del hotel. No tenía éste muchas habitaciones. En realidad era casi un club privado donde todos se conocían y donde todos se dejaban en paz, como los miembros de un distinguido club londinense de toda la vida. 

 

No tuvieron que ser fáciles para aquel huésped alemán sus primeros días en el hotel. Obviamente su presencia era como mínimo sorprendente. Primero los empleados se fueron acostumbrando a él. Y como era una persona amable e incluso intentaba hablar en un rudimentario español con ellos, fue rápidamente aceptado. 

 

Quizás gracias a eso, los otros clientes fueron poco a poco perdiendo rigidez y frialdad cuando coincidían en el restaurante con nuestro alemán turista. 

 

Una mañana me encontré con él en la recepción, preparado para su paseo diario al centro de Torremolinos. Con sus sandalias, su pantalón corto y sus gruesos calcetines negros. Además de un amplio sombrero y una excelente máquina de fotos Leica, reluciente, aunque algo antigua. Me preguntó si aquellos aviones que en ese momento sobrevolaban la bahía de Málaga para aterrizar en el aeropuerto militar de Málaga eran españoles. Le dije que sí. Nosotros los llamábamos "Pedros". Eran viejos bombarderos bimotores alemanes cedidos por la Luftwaffe a España al final de nuestra Guerra Civil. Los Heinkel HE-111. Reliquias de otra guerra terrible. El estruendo de sus motores y sus siluetas sobre el cielo parecían inquietar a nuestro huésped alemán. Era obvio que su vuelo sobre Torremolinos en aquella mañana diáfana de verano le había traído pensamientos sombríos. Cuando regresó de su paseo esos pensamientos habían desaparecido. Era de nuevo un hombre razonablemente feliz.  

 

Al final del día no pude evitar el sentirme orgulloso de la profesión en la que deseaba iniciarme. La que me permitiría trabajar para que los demás se sintieran felices en un mundo que de nuevo deseaba ser amable y civilizado. Allí, en Torremolinos, en los confines de la sabia Andalucía, en contacto diario con gentes de países muy diversos, era evidente: todos habíamos encontrado de nuevo la paz. 

 

Aquel trabajo prometía ser algo fascinante. Y por supuesto valdría la pena. Por la noche, antes de dormirme, seguí estudiando mi sexto idioma. Mañana sería otro día. Y eso siempre es importante.

Comentarios

    No hay ningun comentario.

Deja tu comentario

Para poder dejar un comentario debe ser usuario registrado. Crea una cuenta o inicia sesión