Rafael de la Fuente

Profesor invitado de la universidad de Cornell

El príncipe Alfonso de Hohenlohe-Langenburg

Siempre he preferido utilizar la P mayúscula al escribir el nombre de mi amable amigo y maestro, el príncipe Alfonso de Hohenlohe–Langenburg. La grandeza del personaje me parecía que así lo aconsejaba. Pero por respeto a la Real Academia Española y al correctísimo texto del magnífico libro dedicado a su propia historia y editado en 2005 por el Hotel Marbella Club, escribiré príncipe con minúscula en este artículo. Creo también que don Alfonso así lo hubiera deseado. Como todos los grandes tenía el príncipe la virtud de la modestia. 

 

En más de una ocasión he manifestado que tardaremos bastante tiempo en ir apreciando –y agradeciendo- en su justa medida la importancia que para España y para la industria turística internacional han tenido y siguen teniendo el príncipe Alfonso de Hohenlohe y su legado. Don Alfonso, un genio, nos recordaba, en su obra, en su ejemplo y en su generosidad, a uno de aquellos príncipes providenciales del Quattrocento, en los inicios del Renacimiento. No es un elogio a su persona. Es una realidad que hoy es fácilmente comprobable. 

 

Todo comenzó en Viena en un noviembre de 1920. Nos lo cuenta en una apasionante autobiografía la princesa María de la Piedad de Hohenlohe-Langenburg, marquesa de Belvis de las Navas, la españolísima madre de don Alfonso: "Un día almuerzo en casa del Barón Louis Rothschild con Max Hohenlohe, entre otros". El 12 de octubre de 1921 celebraron su boda en Madrid.

 

Ya las crónicas del siglo XII recogen las gestas en Franconia de los condes de Hohenlohe. Dos siglos después se les concede el rango de príncipes. También como miembros de la Alta Nobleza alemana fueron elevados a la categoría de Electores con 6 votos en la Dieta Imperial. En 1825 la Confederación Germánica concedió a los miembros de la familia el derecho al tratamiento real de "Alteza Serenísima". En la actualidad la Casa de Hohenlohe conserva en propiedad seis de los castillos y palacios de los doce que en su día les pertenecieron, repartidos por Alemania, Checoeslovaquia y Polonia. 

 

Al final de la Segunda Guerra Mundial las propiedades del príncipe Maximilian von Hohenlohe-Langenburg en Centro Europa se encontraban en zonas ocupadas por la Unión Soviética. Todas fueron expropiadas por las nuevas autoridades. 

En la primavera de 1946 recibió el príncipe Max una llamada de su buen amigo, don Ricardo Soriano, Marqués de Ivanrey, primo hermano de doña Piedita, su esposa. Le animó a pasar con la familia el verano en un lugar remoto en el sur de España, llamado Marbella. Había comprado allí una propiedad.

 

Estaba entusiasmado. Aquello era un paraíso, doblemente increíble en una Europa todavía devastada por los horrores de la guerra. La invitación de don Ricardo Soriano fue rápidamente aceptada. Las relaciones de la familia con España, gracias a doña Piedita, siempre fueron excelentes. 

 

España fue su segunda patria. En 1924, el entonces Rey de España, Don Alfonso XIII, apadrinó en Madrid a Alfonso, el primer hijo varón nacido del matrimonio. En el verano de 1946, en plena posguerra, el príncipe Max y la familia se pusieron en camino hacia el sur de España en el Rolls-Royce Phantom que habían podido conservar. Después de un agotador y largo viaje por carreteras infernales, la familia Hohenlohe llegó a Marbella. 

 

El primo de doña Piedita tenía razón: aquel lugar era un auténtico paraíso enmarcado por la paz, por el mar y las arboledas, por unas montañas impresionantes, que complementaban la extraordinaria amabilidad de los lugareños y la suavidad del clima. Decidieron que aquel lugar sería su casa. Compraron una maravillosa propiedad de 18 hectáreas por 160.000 pesetas. La Finca Santa Margarita, a tres kilómetros de Marbella, en un pinar espléndido que llegaba hasta el mar. Fue una excelente decisión y Marbella y los españoles fuimos los principales beneficiarios. 

 

El joven príncipe Alfonso era un joven inquieto y brillante en todos los sentidos. En muy poco tiempo había convertido en indispensable su presencia en todos los grandes acontecimientos sociales de la época. Un viajero incansable y un encantador ciudadano del mundo. Hablaba perfectamente cuatro idiomas: alemán, español, francés e inglés. Desde los cuatro puntos cardinales llegaban los amigos de la familia para pasar unos días en su casa de Marbella y así poder conocer aquel secreto paraíso, del que tanto se hablaba.

 

El príncipe Alfonso sugirió que sería una estupenda idea construir un pequeño hotel en el que poder recibir a los buenos amigos. Y así se hizo. En abril de 1954 abría sus puertas el Marbella Club. Veinte  habitaciones. Y aprovechando la antigua edificación de la casa de labor de la finca, se construyó el comedor, el salón y el bar. Todo rodeado por un frondoso jardín que con el tiempo se convertiría en un pequeño paraíso, gracias a las plantas que el príncipe Alfonso buscaba y escogía personalmente. El Marbella Club, por innegables méritos propios, se convertiría rápidamente en uno de los hoteles más deseados y admirados de Europa. El éxito fue, por lo tanto, inmediato. 

 

No tardaron mucho algunas de las más ilustres familias europeas en adquirir un terreno en la finca Santa Margarita. Los Rothschild, los Bismarck, los Thyssen-Bornemisza desearon y tuvieron una propiedad junto al mar, cerca de su amado Marbella Club. 

 

En aquellos años yo trabajaba en el  Hotel Santa Clara del vecino Torremolinos, el primer hotel de playa de la Costa del Sol, levantado en los comienzos de la década de los treinta por otro genio, aquel gran señor británico, George Langworthy. Sin duda uno de los lugares más bellos del Mediterráneo. Que desgraciadamente ya no existe. Hace poco he podido leer en el antiguo libro de oro del Marbella Club el testimonio  que dejó Frederick Saunders, el que fuera mi jefe y el director del Santa Clara, al que los lugareños de Torremolinos llamaban el Castillo del Inglés. Decía el ilustre hotelero que el Marbella Club le había impresionado. Era sencillamente perfecto. En todos los sentidos. 

 

Don Alfonso,entre sus muchos aciertos, tenía la cualidad de saber rodearse de los mejores colaboradores. Y esto se volvió a confirmar con la llegada desde Alemania el 28 de diciembre de 1956 de su primo el conde Rudolf von Schönburg. Un joven hotelero que ya apuntaba maneras, graduado en la prestigiosa Escuela Hotelera de Lausanne. Había sido fichado por uno de los mejores hoteles de Alemania, el Vier Jahreszeiten de Hamburgo. Cuando su primo Alfonso le contó lo que estaba haciendo en Marbella no lo dudó ni un segundo. Tomó el avión y España y Marbella ganaron con el talento y la brillantez de otro joven genio que hasta el día de hoy, en el Marbella Club actual, sigue trabajando por la grandeza de la industria turística española. 

 

El príncipe Alfonso tendría a partir de ese momento la mitad de las batallas ganadas, gracias a su primo el Conde Rudi, como pronto lo bautizaron los marbellíes. No en vano la dinastía de los Schönburg ocupa uno de los capítulos más apasionantes de la historia de Alemania y del antiguo Reino de Sajonia. 

 

Después del fallecimiento de don Alfonso el 21 de diciembre de 2003, las presencias del Conde Rudi y su esposa, la princesa María Luisa de Prusia, bisnieta del último Emperador de Alemania, fueron más necesarias que nunca. Como el Cid Campeador, don Alfonso siguió ganando batallas muy importantes, incluso después de su muerte. Su legado era muy, muy importante para España y para su pujante industria turística. Y su visión y su filosofía nos son hoy más necesarias que nunca. 

 

Muchos en esta Costa del Sol malagueña ignoran que la maravilla y el inmenso acierto del Puerto Banús de Marbella fueron posibles gracias al príncipe Alfonso y a Noldi Schreck, un gran arquitecto de enorme prestigio internacional. 

Lo cuenta muy bien el ilustre periodista costasoleño y buen amigo, Jorge Lemos: "Noldi Schreck descolgó el teléfono de su estudio, en la Zona Rosa de México DF, para escuchar la voz de su amigo Alfonso de Hohenlohe, que lo llamaba desde el otro lado del Atlántico. 'Debes venir de inmediato a Marbella, don José Banús quiere hablar contigo', le dijo con tono serio. El encuentro que Hohenlohe decidió propiciar entre Schreck y el constructor catalán no era improvisado. Se había puesto a la tarea nada más conocer que Banús proyectaba construir seis torres de apartamentos de 16 plantas en el futuro puerto deportivo. El aristócrata se opuso con vehemencia a este planteamiento, hasta llegar a advertirle al promotor turístico: 'Si tú llevas a cabo este proyecto, yo vendo mi hotel y me voy de Marbella con mi familia y mis amigos". 

 

También es poco conocida otra faceta del príncipe Alfonso: la de su brillantísima incursión, ya en los últimos años de su vida, en el mundo de los grandes vinos. Nunca estuvo de acuerdo con aquellos expertos que opinaban que en Andalucía nunca sería posible criar grandes vinos tintos. En los comienzos de la década de los noventa puso en marcha el que sería su último proyecto: compró una hermosa finca, el Cortijo de las Monjas, en la Serranía de Ronda, cerca de la estación de Parchite. Con un enólogo de su total confianza, plantó cinco variedades de cepas españolas y francesas. 

 

En sucesivas cosechas y con crianzas de 16 meses en barricas de roble francés y americano fue consiguiendo unas calidades excelentes, tanto en tintos como en rosados. 

 

Tengo una de esas botellas, debidamente numerada, delante de mí, mientras escribo estas líneas. La etiqueta sin pretenderlo es un pequeño homenaje a un gran hombre, cuyo nombre la ennoblece: Príncipe Alfonso. Debajo del blasón de la Casa de Hohenlohe, con sus dos leones pasantes, están el nombre del Príncipe y la añada del vino. Completan las etiquetas la firma del príncipe y una elegante representación gráfica, muy bordelesa, del rondeño Cortijo de las Monjas y la fecha del embotellado. 

 

Conservaré estas botellas como lo que son: un tesoro.

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